Es que los días parecen todos iguales y pasan muy lentamente. Es que la rutina es un cáncer que oxida mis células en forma constante. Es que ya no hay espacio en mi cuerpo que soporte tu recuerdo, por que estás en cada parte de mí y, al mismo tiempo, me excedes. Es que te quiero tanto que me duele.
Me arrancaría los ojos para dejar de verte en todos lados. Los aplastaría con mis manos para vaciarme de las lágrimas que sudan la saliva con la que bañaste mi cuerpo. Me arrancaría cada uno de mis cabellos que se sienten abandonados sin tu respiración agitándolos, e invitándolos a volar al compás de nuestros deseos.
Me quitaría la piel. Clavaría mis uñas para desgarrar la carne que se pudre. Escarbaría entre mi sangre sólo para encontrarte. Haría jirones de este manto de células que me recubre. Perdería cada parte de mi ser para no tener que escuchar el silencio de tus besos ausentes, de tus caricias errantes, de tu lengua fugitiva y fetichista.
Me sumergiría y bucearía en los músculos de mi pecho para detener ese constante tic tac que marca los días ausentes, que transcurren sin tenerte. Incendiaría mi cuerpo para hacer cenizas tus recuerdos. No quiero que me toques desde el pasado truncado, quiero que me arrulles con tus besos añorados. Pero no estás y yo lo sé aunque no quiera.
La resignación, esta vieja compañera, sólo me deja soñarte, pensarte, recordarte, imaginarte, fantasearte, añorarte, implorarte, amarte hasta extrañarte y extrañarte hasta odiarte por marcharte. Es que sólo eso puedo, recordarte.
Te doy mis ojos que se derriten con tu ausencia. Te doy mi piel que languidece, y que se agrieta sin las caricias que me dieron tus labios. Te doy mi corazón marchito para que no quede más cuerpo que de cabida al dolor de no tenerte y de necesitarte tanto como a la muerte. Te doy todo de mí y no te doy nada, para que dejes de estar ausente y para que tu recuerdo no se apropie de mi cuerpo doliente, que se derrite como velas encendidas en la oscuridad de las ausencias…
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