Las palabras empiezan a fluir y yo lucho para que mis garabatos le sigan el ritmo veloz a mi imaginación... (Soraya)

miércoles, 23 de abril de 2008

Maldita Espera


La espera tiene el sabor de la felicidad del suicida que no muere, de la sonrisa soleada y vacía de los ricos, del deseo de esclavitud irónico del oprimido. Es que la espera es lo imposible, es ver cómo se muere el tiempo y como uno se va ahogando en los silencios. Es que esperar es morir, por que sólo por ella aguardamos, aquellas que caminamos perdidas y sin rumbo, por este infierno al que llamamos vida.

La espera es el fantasma adueñándose del cuerpo, ese espíritu responsable de que mis ojos se paseen impacientes sobre el techo que cruje con el frío. Esperar es sentir el aturdimiento del silencio, capaz de hacer explotar y desangrar los oídos que no escuchan más que el paso del tiempo. La espera es ver cómo se deshojan mis manos, cuando se quedan vacías, sin el tacto. Es ése fantasma que marchita mi lengua de a poco, y que la hace gritar doliente en la tumba de mis labios.


El cielo se oscurece bajo el recuerdo. El mundo vomita dolor en cada uno de sus recovecos. El laberinto se cierra, se vuelve más pequeño, las paredes me aplastan los ojos, el gusto y el tacto. Es que cuando espero veo pasar ese ejército de sesenta y más hormigas, que marchan sigilosas sobre mi vientre y sus gusanos. Miro el reloj y el calendario, y puedo sentir la garganta que se fragmenta con cada uno de sus pasos. Esperar es transformar saliva en telarañas, en donde siempre queda atrapada mi esperanza.

Sobre la espina dorsal se desbordan ríos de lava y agujerean mi piel, con cada lágrima derramada. Esperar es sentir la ira crecer desde los pies hasta el orgullo, es la tristeza por la inocencia suicida; es darse cuenta que ya todo está perdido por que siempre que se espera, se desea lo imposible. Y es que lo imposible eres tú, soy yo, somos todos cuando deseamos…

domingo, 13 de abril de 2008

Frío de Ausencias

Domingo frío en la tarde omnipresente. Tu ausencia se acrecienta más que el silencio que lo cubre todo pero que no tapa nada del vacío que hay en mi pecho. La música te trae y yo la uso para invocarte como se invoca a los espíritus. Enciendo velas en tu nombre para que me traigas la luz que lastime mis ojos oscuros. Es que esta necesidad apremiante de encontrarte ya me resulta intolerable. Te ofrezco hasta lo que no tengo sólo por que regreses y puedas darme lo que no tienes.

Es que los días parecen todos iguales y pasan muy lentamente. Es que la rutina es un cáncer que oxida mis células en forma constante. Es que ya no hay espacio en mi cuerpo que soporte tu recuerdo, por que estás en cada parte de mí y, al mismo tiempo, me excedes. Es que te quiero tanto que me duele.


Me arrancaría los ojos para dejar de verte en todos lados. Los aplastaría con mis manos para vaciarme de las lágrimas que sudan la saliva con la que bañaste mi cuerpo. Me arrancaría cada uno de mis cabellos que se sienten abandonados sin tu respiración agitándolos, e invitándolos a volar al compás de nuestros deseos.


Me quitaría la piel. Clavaría mis uñas para desgarrar la carne que se pudre. Escarbaría entre mi sangre sólo para encontrarte. Haría jirones de este manto de células que me recubre. Perdería cada parte de mi ser para no tener que escuchar el silencio de tus besos ausentes, de tus caricias errantes, de tu lengua fugitiva y fetichista.


Me sumergiría y bucearía en los músculos de mi pecho para detener ese constante tic tac que marca los días ausentes, que transcurren sin tenerte. Incendiaría mi cuerpo para hacer cenizas tus recuerdos. No quiero que me toques desde el pasado truncado, quiero que me arrulles con tus besos añorados. Pero no estás y yo lo sé aunque no quiera.

La resignación, esta vieja compañera, sólo me deja soñarte, pensarte, recordarte, imaginarte, fantasearte, añorarte, implorarte, amarte hasta extrañarte y extrañarte hasta odiarte por marcharte. Es que sólo eso puedo, recordarte.


Te doy mis ojos que se derriten con tu ausencia. Te doy mi piel que languidece, y que se agrieta sin las caricias que me dieron tus labios. Te doy mi corazón marchito para que no quede más cuerpo que de cabida al dolor de no tenerte y de necesitarte tanto como a la muerte. Te doy todo de mí y no te doy nada, para que dejes de estar ausente y para que tu recuerdo no se apropie de mi cuerpo doliente, que se derrite como velas encendidas en la oscuridad de las ausencias…

jueves, 3 de abril de 2008

Día Nublado de Nostalgias


Día nublado, como todos. El otoño se hace sentir hasta en la médula, anunciando la mortandad del invierno. Las hojas anaranjadas de los árboles deambulan llevadas por la brisa, para estrellarse finalmente en la frialdad, la dureza y el gris de esta calle vacía.

Hoy hace frío y, aunque me guste esa sensación en mi piel, no todos los “fríos” son iguales. Hay fríos que invitaban a mirar la melancolía, tras el ventanal empañado de una habitación distante de la realidad, o dejarse embriagar por el olor de una taza de café caliente.

Hoy es uno de esos días frío que llegan hasta el alma, ese frío que congela las lágrimas en el borde de los ojos de vidrio. Es ese frío que paraliza los latidos. Es el que siento calar hondo en mis viejos y jóvenes huesos. Es el que siento cuando ya no te siento. Es la eternidad hecha mortal, es el futuro que se equivocó y se anticipó en el presente. Es un presente que se arrastra herido hacia el pasado. Es un pasado que todavía no está pisado. Es un pasado que, espectral como el invierno, siempre vuelve.

Y el pasado, como todo lo que hay en mi vida, se parece a ti, es un fantasma que vuelve por las noches para descargar la pesadez del mundo en el pecho en el que todavía estás, incendiar mi garganta, desbordar mis ojos y dejarme vacía de mis mares de sal.

Te maté, te velé, te enterré, te resucité, te amé, te volví a matar, pero yo sé que eres inmortal. Todavía estás. La presencia de tu ausencia siempre está. Tu existencia siempre llega para colmar el vacío que hay en esta fría soledad.

Camino por la ciudad en la que ya no estás. Las venas abiertas y llenas de hojas anaranjadas, me transportan sin sentido hacia el recuerdo que te invoca.

Por la perversidad del destino, llego hacia aquel hostal de la primera vez. Me asomé a la ventana y busqué esa habitación inmortal, pero ya no está más. Sin embargo yo, más que nadie, sé que el estar o no estar no dice nada. Se puede no estar y estar más presente que nunca. Esa es tu definición: no estás pero estás, estás pero no estás.

El hostal ya no tiene habitaciones, solo camas vacías, está en ruinas, cayéndose a pedazos y transformándose en espejo de mí penuria. El hostal está vacío, pero tu estás en mi interior, tomando esa taza de café, compartiendo una mirada intangible y una sonrisa irreal. Desearía desterrarte, pero eres parte de quién soy, ya no hay manera de exiliarte…