Las palabras empiezan a fluir y yo lucho para que mis garabatos le sigan el ritmo veloz a mi imaginación... (Soraya)

domingo, 25 de julio de 2010

Wall...

Despierto. Trece horas de dormir me acercan a la satisfacción de no estar viva. Me siento en la cama y recuerdo ese instante en el que intenté acercarme a tu piel de la misma manera en que lo hace un cachorro que, una vez agredido, se aproxima con las orejas bajas esperando recibir el nuevo golpe.

Te pienso y recuerdo tus dedos largos que se esparcen como si fueran témperas de diversos colores sobre mi piel devenida en lienzo. Debajo de tus manos, mi cuerpo se eriza con tu roce. Los besos tienen sabor a ausencia pero no me importa, pues engañan a mis labios con lo que ellos piden.

Te veo, nítidamente, dibujarte en mi memoria. Estás allí fumando y, ahora que lo pienso, el humo me parece tan volátil como tus palabras. Creo que te pareces a esas aves que, ante el menor de mis pasos, levantan vuelo hacia los cielos. Y es que ¿cómo no ibas a hacerlo si lo que yo tenía para darte coincidía exactamente con lo que no puedes recibir?

Y me es inevitable, aunque lo critiques, sentirme como el agua que elegiste no beber y que cae de tus manos. Soy ese resto que se estanca en tu cama agigantada en la que, además, soy sólo un punto inhóspito.

Siento que el silencio se erige como un muro tan alto e infranqueable que nos vomita en infiernos diferentes. De este lado, palabras; del tuyo, silencio. Acá reina la confusión, de ese otro lado estás tu con las cosas tan claras que terminan no significando nada. Y el muro nunca se rompe y quedamos tan lejos pudiendo haber estado tan cerca.

Te pienso en el lugar de las preguntas que callé por temor a las respuestas. Sí, soy cobarde pero tú también lo fuiste. Yo no me animé a escuchar el “no”, pero tampoco te animaste a decirlo. Temí que al hablar se rompiera lo que no existía antes de que surgiera el deseo de que nazca. Y, sin embargo, los actos corrieron el velo y precipitaron las verdades.

Y, en esta pequeña ciudad cruel, nunca supiste qué tan sensible podía llegar a ser yo y como una sola de tus palabras podía acercarme a la utopía del creer, o a la certeza del pesimista. Me tiré hacia atrás y tú… tú ya no estabas para evitar el golpe de la caída.

Y ahora sólo me queda levantar el muro que me separe del mundo. Tendrá un gran espesor, pues sólo así estaré a salvo del dolor y dejaré de sufrir más de la cuenta. Detrás del muro quedarán tus ojos mirándome esa noche. Ya no los veré más. Quiero parar de hacerme daño.

Ya choqué demasiadas veces contra el muro…

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