Ella siempre creyó que no valía nada.
Dedicó media vida a esforzarse en ser apreciada y la otra media a asumir que su esfuerzo nunca daría frutos. Puesto que no era nada, no valía nada, no servía para nada, su existencia se convirtió en una gran farsa.
Aparentaba no ser consciente de su insignificancia. Trabajaba muy duro, se fingía fuerte, sonreía escéptica ante los halagos y caminaba por su mediocridad con cierta dignidad. Pero sufría pensando que algún día alguien descubriría el engaño, que vería tras la mujer maravillosa que muchos decían que era a esa otra de verdad, esa criatura frágil que ella conocía tan bien.
Esa que no valía nada.
Lloraba a escondidas y se lamentaba de que no llegase ya el momento, de que no terminase la tortura, de que nadie le gritase de una vez que era una farsante.
Sabía que cuando ese temible día llegase, podría descansar al fin, dejar de fingir un talento que nunca se creyó y empezar, sin esfuerzo, a no ser nadie...
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