El juego de la seducción era un combustible más para el fuego que empezaba a apropiarse de nuestros cuerpos, irradiando desde los ojos, oídos, labios y vientres. Había que dejar insatisfecho el deseo para que se volviera tan apremiante que, cuando fuera saciado, el placer nos hiciera estallar la piel, los huesos, recuerdos y silencios. Las palabras que brotaban de tus labios, se embebían de sensualidad, y es que como sabes jugar entre mis deseos, transfigurando la carne de tu cuerpo.
Las prendas fueron cayendo. El deseo flotaba en el aire, demasiado liviano. La tensión sexual entre nuestros cuerpos crecía al ritmo de la excitación. Las pieles desprendían olores imperceptibles que estimulaban nuestros olfatos, como si fuéramos cazadoras cazando y, a punto de ser cazadas. El contacto era impostergable.
Las manos penetraban en la piel, la desgarraban sin piedad. El aliento era un gas espeso y asfixiante que jugaba a saltar de boca en boca. Las lenguas se disputaban los espacios. Los labios se aplastaban. Sus vientres se tensaban, se humedecían, resplandecían, se tocaban, se rozaban. Los ojos se cerraban. Las palabras se acababan.
Yo bebía de tus senos. Tú bebías mis recuerdos. Mi lengua en tus oídos decían más que las palabras. Los cuerpos eran una masa uniforme, sin principio ni final. Los cabellos se alborotaban y volaban. Yo me aventuraba en su interior, y tú me sentías latir, con fuerza, en lo más profundo de mí ser. Las bocas se mordían, las uñas se clavaban, los dientes eran garras. La saliva era nuestro abrigo que nos protegía del frío.
Yo aleteaba, como una mariposa dispuesta a volar, encima de tu vientre, mientras tanto sujetando tus caderas, las atraía hacia mi cuerpo, impulsándote hacia los cielos y la alejándote del infierno. Ahora mientras muerdes m :$is dedos, yo con mi lengua, voy delineando círculos de fuego en tu espalda. Nuestros cuerpos se deshacían como hojas secas de otoño y contradictoriamente renacían a la vez como flores en plena primavera.
Aquello que al principio habían sido besos suaves, tímidos y culposos, se habían transformado en mordidas de animales, en sexo entre las lenguas, en pasión en las gargantas, en inconsciencia entre las piernas. El ritmo suave de los movimientos, se aceleraba al ritmo que se avivaba todo el fuego. Las contorsiones orgásmicas, nos hacían lucir como dos endemoniadas y sólo minutos después, caímos exorcizadas. Los gemidos habían volado libres.
Esa noche, el deseo había hecho erupción; esa noche, los cuerpos se habían liberado, y los lazos cercenados. Es que esa noche, nuestros cuerpos se habían encontrado…
No hay comentarios:
Publicar un comentario